«Santa Ana querida,
dame el hombre de mi vida.
Ya sabes quién es:
vive detrás del molino,
tiene el pelo de oro fino,
haz que venga por sus pies.»
Pero el sacristán, que estaba detrás del altar, oyó su plegaria y con voz chillona se puso a gritar:
– ¡No lo tendrás, no lo tendrás!
La muchacha creyó que era la Virgen María, que estaba con su madre Ana, la que así gritaba. Y muy enfadada le dijo:
– No te entremetas, tontuela. Cierra el pico y deja hablar a tu madre.











